PRIMER CAPÍTULO DE “SIN PRUEBAS NO OS CREERÉ”

Comparto con vosotros el primer capítulo de la primera parte de esta saga, que lo disfrutéis:

 

LA ÚLTIMA REUNIÓN

El sol se estaba alzando por encima de la línea del horizonte; podía verse su curva superior anaranjada asomando tímidamente dando los buenos días a la Tierra; su sinfonía de tonos de fuego, oro y verde bañaban las copas de los árboles, las flores empapadas en rocío y las cabezas de las personas que iban llegando al lugar de reunión acordado. Se trataba de un gran lago sostenido por las laderas de unas montañas cubiertas de piel verde, que eran la cabeza de los frondosos árboles y las malas hierbas que crecían por doquier, hogar de bichos y animales de cientos de tipos distintos.

El entorno se había salvado de la expansión artificial del cemento, el humo de los coches y la violación en sus entrañas de los cimientos de casas, edificios públicos y rascacielos que tanto gustaban a los norteamericanos. Su libertad de la tiranía de las ciudades se debía a que estaba declarado como entorno protegido, tanto por la riqueza de su fauna como de su flora, tan abundante en clases distintas como grande era el valor de su rareza. Muchas especies estaban en peligro de extinción y muchas plantas no se encontraban en ningún otro lugar del planeta.

Pero para los visitantes de esa mañana poca importancia tenía la declaración como lugar protegido, aunque no podían dejar de suspirar de alivio debido a que gracias a ello podían reunirse allí sintiéndose a salvo y lejos de curiosos. Sin embargo no necesitaban ningún tipo de declaración oficial para saber de las maravillas de ese apartado hábitat cuyo centro era el lago de cristalinas y frías aguas. Lo conocían como la palma de su mano, incluso los pequeños caminos medio escondidos entre los árboles, arbustos y madrigueras eran para ellos como los surcos y arrugas de sus propias palmas.

Sin embargo esos caminos ya no existían; la maleza se había asalvajado aún más que en la antigüedad, creciendo sin orden ni concierto, tapando esos senderos que tan bien habían conocido y tantas veces recorrido. El paso del hombre en el entorno no se notaba en ningún lado al que miraran, ya que estaban prohibidas las visitas de turistas y curiosos. Solo podía acceder quien poseyera un carnet de científico medioambiental, o un permiso especial del gobierno, que tan difícil era de conseguir. Por suerte para los visitantes de esa mañana, no necesitaban ninguna de ambas cosas.

Las inmediaciones estaban cerradas con una valla metálica de tres metros de altura, que rodeaba todo el bosque cuyas entrañas eran el lago. Solo se podía cruzar dicho límite atravesando la única entrada de la valla, que estaba vigilada las veinticuatro horas del día por una pareja de guardias forestales, cuyo trabajo era tan aburrido que se habían visto obligados a colocar un pequeño televisor para pasar un poco más amenas las horas del invierno, cuando apenas podían salir de su caseta.

Sakima Ojos de Águila detuvo sus pasos seguros y firmes frente a la ventana abierta de la cabaña forestal. Como los guardias estaban más ocupados en comentar el partido de fútbol que se estaba transmitiendo, tuvo que hacerse notar carraspeando varias veces, y luego gritando el nombre de los hombres que estaban más atentos al televisor que a hacer su trabajo.

¡Yana, Sahale! —Los guardias forestales se sobresaltaron y dieron un bote en sus respectivos asientos. Enseguida Yana apagó el televisor con el mando a distancia y ambos se levantaron torpemente debido a la sorpresa—. Vergüenza debía daros estar atados a semejantes aparatos modernos que embotan la mente. ¡Sabíais que hoy es el día de la reunión, deberíais estar preparados y esperándonos!

Disculpa, Sakima Ojos de Águila, no tenemos perdón —se apresuró a responder Sahale—. Comprende que llevamos casi cinco generaciones de reencarnación haciendo el mismo trabajo, estamos un poco aburridos. No hacemos ningún mal entreteniéndonos un poco usando estos ingenios modernos. ¡Tal vez un día deberías probar, son muy útiles!

Sí —lo apoyó Yana—. Los móviles, por ejemplo. Podríamos comunicarnos más fácilmente entre nosotros, si hablamos a distancia en tiempo real podemos ahorrarnos muchos viajes, muchas jornadas perdidas, y…

¡Cállate, Yana! Sabes que me gustan las cosas útiles, pero estos artificios dañan a la Madre Naturaleza. Nosotros no somos de este tiempo ni de este mundo, no tenemos por qué comportarnos como la gente de ahora. Además ambos sabéis que El Gran Enemigo puede localizarnos a través de las llamadas de los teléfonos móviles. No podemos descuidar ningún detalle.

Padre Sakima —intervino una voz. Una adolescente de rasgos indígenas se situó junto a Sakima, asomándose por la ventana y saludando a Yana y Sahale—, estoy de acuerdo con ellos. Podemos aprovechar las delicias de este tiempo en nuestro provecho, aunque tú digas que dañan a la Madre. Tal como dices, no pertenecemos a este mundo, cuando todo acabe regresaremos a donde debíamos estar. No podemos ayudar a la Madre aunque no utilicemos la tecnología moderna, los hombres de ahora la seguirán utilizando y no podemos evitarlo. Además sabes que con cada generación de reencarnación estamos mejor preparados, y aprovechándonos de las ventajas de este tiempo podemos estudiar y aprender cosas que nos pueden ayudar. He hablado ya muchas veces con Tadi por teléfono y no ha pasado nada. Él se ha formado en ingeniería, sabe cómo protegernos cuando usamos la tecnología…

¡Heta! —le interrumpió con un grito Sakima—. ¿Desde cuándo me ocultas que utilizas esos aparatos? ¡Sabes que lo tienes prohibido!

Por supuesto que lo sé —respondió ella encogiéndose de hombros tranquilamente y sin ceder a la presión de su padre—, y también sabía que no te iba a gustar, por eso no te lo había contado.

¿Cuántas veces has hecho o recibido una llamada? —insistió su padre casi con los dientes apretados, cuya blancura contrastaba con su piel tostada y su melena lisa y negra como ala de cuervo.

¿Seguro que quieres saberlo? —Heta miró a Yana y a Sahale, quienes intentaban aguantar la risa y mantener la compostura ante su jefe tribal—. Pues casi todos los días.

¡Heeeetaaaaaa! —bramó Sakima Ojos de Águila, con el rostro hacia el cielo para que su bramido llegara hasta el universo. Algunos pájaros salieron volando asustados por el grito de vocales alargadas como una nota musical infinita. Cuando cerró la boca, parecía que el entorno devolvía el sonido como un eco sordo, apoyando el enfado de Sakima—. ¡Por todos los espíritus, los lobos, los árboles y el lago sagrado!

Adaptación —respondió ella con frialdad—. Tenemos que adaptarnos a este mundo, seguro que lo mismo hace El Gran Enemigo, y si no aprendemos a usar sus artificios, cosa que seguro que sí hace él, estaremos en desventaja y jamás podremos vencerlo. Y mucho menos encontrarla a ella. Llevamos más de cuatro generaciones de reencarnación y sigues con las mismas ideas anticuadas. Sigues pensando como lo hacías antes, cuando vivíamos en el lago sagrado y aún era nuestra primera vida y ella estaba con nosotros luchando contra las injusticias de los pieles blancas…

Cállate, princesa. Este no es un lugar seguro para hablar —la interrumpió Yana enseguida, preocupado.

Lo siento, tenéis razón. Será mejor que entremos y esperemos a los demás en el lugar acordado.

Sakima se despidió y le hizo un gesto a su hija para que lo siguiera. Dejaron atrás la cabaña forestal y echaron a andar en silencio, suspirando de vez en cuando al sentir cómo se iban acercando cada vez más a su refugio, a su hogar. Las hojas de los arbustos les acariciaban la piel de los brazos y las piernas cuando las rozaban al pasar, como dándoles la bienvenida. Las ardillas detenían sus correteos en las ramas y troncos para observarles, un gato salvaje apartó el hocico de una rata muerta medio devorada y los miró fijamente con sus penetrantes ojos amarillos. Heta devolvía la mirada a todos los seres que los saludaban en silencio, y pronunciaba una frase ritual para responder a sus espíritus.

Heta, siempre haces lo mismo cada vez que venimos a la reunión. Ya sabes que no son los animales que nos vieron nacer en nuestra primera vida. Ellos también mueren, engendran otros seres y regresan a la Madre convertidos en polvo y alma. Estos serán los hijos de los hijos de los hijos de sus hijos.

O los nietos de los nietos de sus nietos… —protestó con sarcasmo ella—. Eso es lo que piensas tú, pero yo creo que sus padres, o los padres de sus padres de sus padres y así hasta los que nos conocieron cuando vivíamos aquí, les habrán contado que volvemos. Porque siempre volvemos. La maldición nos hace antinaturales, no formamos ya parte del mundo porque hemos roto sus normas. Eso tiene que dejar una huella en nuestro pasado hogar.

Tal vez —dijo solamente el jefe de la tribu maldita. Luego se sumió en sus propios pensamientos, en sus recuerdos…

Sakima.jpg

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